3 de septiembre de 2008

La desbordada



Hanni Ossott
Caracas - Venezuela
14 de febrero de 1946
31 de diciembre de 2002
Del país de la pena


" Quién soy?. .. "¿La luz que ilumina esta verja, esta tierra?"

¿Soy los árboles y las plantas? ¿Acaso el mar?

Soy colinas, riberas, agua bañada de luz

Soy un cuerpo cansado de tanta errancia

un cuerpo y un alma cansados del miedo

Soy el temor.

Desde lo profundo y oscuro escucho y tiemblo

Oigo lo profundo, lo oscuro, lo difícil

las contradicciones, todos los polos opuestos

las negruras, las blancuras, los intercambios

como si lo blanco reuniera a lo negro

como si lo negro reuniera a lo blanco.


¿Quién soy?

Primero una pena, luego el soportar.


Veo barcos, barcos múltiples que tocan mi orilla

Veo una casa destrozada por el dolor, demasiado cercana.

Los barcos relucen en la noche

veo sus banderas

ellos son el arribo, la llegada

mas no la cura de la más antigua herida.

Veo barcos enfermos, antiguos, dolientes

y adentro muletas, invalidez, desazón.


¿Quién soy?


El sol me quema, incendia mi piel, ilumina mis ojos

Me vuelvo ardiente, soy ardiente respondo con amor a la canícula.

Yo te he buscado para saber quién soy, y yo no

sé quién soy


La hojarasca me ha arrastrado

Quizás para salvarme

Mi cuerpo está cubierto por una alfombra vegetal

la pelusa de las hojas me acaricia

me he hundido en lo verde

duermo, duermo, duermo

para que todo pase, para que todo termine de pasar.


Soy ahora el pájaro que enterré en el jardín

duermo bajo la tierra para que todo pase

quiero obviar el dolor y el horror. Olvido, olvido. . .

Pienso, ya no es tiempo de la resaca

cada ola me dicta una continuidad

nos la dicta

mi continuidad es una estación sutil, imperceptible

a los apresurados.


Tú llegaste del país de la pena. ¿Adónde, adónde?


El mar se abre en mí, vasto para lavarme,

regarme

poco a poco voy hacia él con respeto.


Y lejos veo los barcos

barcos cargados de llanto, de indignación contenida

barcos magdalenas.


"¿Escribiste el poema, lo lograste hacer bien? Te pregunto."

¿Quién soy? Te fui a buscar

Pero fue en Venecia donde te vi

Allí estaban tus cosas manteles, bisutería, un granate, topacios

Venecia: reposo para la melancolía.

Padezco

¿Quién soy yo?

Quiero ir a la playa, quiero ver el mar

quiero ver la tierra estremecida por el amor del mar

adoraré la belleza, los esplendores

La ciudad me obliga a trabajar

y yo mientras tanto suspiro

suspiro.

Después de tanto dolor creo que las cosas se acomodarán

un remiendo por aquí, otro por allá

estoy extenuada

tres años y medio de edad son suficientes

para entenderlo todo

vida, muerte, abandonos, distancias.


No soy hija de la guerra, suspiro...

soy nieta


Este pasado me lo voy a tomar lentamente, con demoras

(mi marido es humorista y ríe, ríe de mí y tiene razón)

También mi padre decía: "Hay que reírse"

pero no pudo reír, de tanta pena.


¿Quién soy? Creo que soy una trinitaria encendida

una trinitaria fucsia

colgando sobre el muro.

He colocado mi florecer sobre el muro

para que sea más hermoso

para que se suavice

quizás quiero ocultar u olvidarme

de esa piedra tan áspera. El muro.

El muro de Berlín.


No quiero el horror sino la tolerancia

la casa, amigos, libros,

el granate de amor, los hermanos.


Quiero que en mí se resuelva el mar, la hojarasca.


¿Dónde estás? ¿Dime, quién soy yo?


Los árboles están silentes, no hay grillos

sólo lo metálico suena

máquinas y dinero se dejan sentir

oigo carros y al fondo una huelga

¡nada pasa aquí!

pero las luces están encendidas

y el corazón arde.

Soy testigo de esto. Y de lo otro

Soy testigo.


No importa. Allí está la flor del apamate

Tú dijiste que era la flor del apamate.

He visto la flor del cerezo

era bellísima.


Doctor, era bellísima. Ah, tanto agobio, a veces carezco de fuerzas.


Todo lo que tenemos que cuidar: nosotros, la tierra, el alma

supongamos que la poesía también

y los niños, el niño en nosotros

la cocina, la lucidez en la cocina

la lista es demasiado larga

y es demasiado para nosotras

¿podrán los hombres ayudarnos?

¿oírnos?

demasiado peso; sí, demasiado peso demasiado

agobio.


Venecia, Venezuela

Suspiro, tiemblo, ardo

Mi marido trabaja y es de noche. Las gatas chillan.

Oigo el mar, la caracola me informa

No todo es resolución, pero algo debe resolverse

algo así como una paga

¿pero qué?, no sé...


¿Qué soy? Escucho algo en mí, una voz, quizás

algo que quiere salir

algo claro

que ahora no entiendo, que rumorea.


¿Soy de la Edad Media?

atrás están mis muertos

atrás y cerca

ellos, los dolientes

los que no entendieron el absurdo

su propio absurdo

los que no pudieron verse aún

ellos, los adolescentes

los que padecían, adolecían.


Una vez dije: El mar en mí no deja dormir

Ahora lo sé,

sé qué significa la vigilia

estoy atenta

llevo algas apegadas a mi cuerpo.


¿Quién soy? ¿Una ruta? ¿Un camino?

¿Una carretera entre ciudad y ciudad?

¿Seré un intermedio, un lapso?

No la conciliación, no. Sino algo más

Veamos, debo clarificarme, o quizás no.


Veo una línea de palmas, una neblina

Allí hay dos y tres

un hombre, una mujer

dos hombres lejos,

niños


Sé lo que ello significa

arenisca, polvo visto entre la luz

puntos que atajo


Mi corazón arde, latido a latido

no hay fragua

estoy en calma.


La casa está aquí, aquí los fuegos y las aguas

aquí el lar

Pero tú, tú sufriste tanto, para todo esto


Ah... mi pasión. Ah... mis perdones

Claridad, luz divina, ven a mí.


El sol arde y quema, se consagra frente a mi otoño

El sol me habla, contra el otoño, contra la ruina

pero también soy el otoño.


Ah fruta veloz pronta a la tristeza

todo lo bello en ti, pelusa de durazno

se regala para ser higo

como si fuese un intercambio

entre lo difícil y lo fresco.


Mi ámbito, ¡cuánta claridad!

Oh tierra, cuánto debo hacer para comprenderte

cuán minuciosa debo ser.

Ahora vivo en el detalle, en fragmentos, en trazos

sobre la línea de un rostro.


¿Quién soy?

No tengo cara, seguro, es seguro, no tengo cara

mis ojos vuelan más allá

mis pómulos son contundentes

mi cabello revolotea o se hace dócil

la luz lo abrillanta, lo achica

fuegos en mí arden


Y ahora quiero algo parecido a la paz

algo así como lo regular

tiemblo encendida de tanta pasión

(Mi marido está durmiendo..., al fin; así no me oye

mi marido sabe cuando pienso, cuando siento,

la resonancia de mí le llega y es fuerte).


Estoy en mi cuarto, en mi "cuarto propio"

Allí está la ardilla alemana

las muñecas: la inglesa, la merideña

la venezolana, la italiana

allí está el pájaro primitivo

la talla

allí la foto del balcón hacia ningún lugar


Grecia, Alemania, Venezuela, Londres, Venecia, Egipto.

Los cuidos.

Es demasiado. Suficiente. Suficiente.

Carezco de fuerzas

He dejado el poema, la palabra

He hablado demasiado.


Ya casi no hay culpas

sólo la sombra desfalleciente de lo que somos

amparo

queremos amparo

los buques con sus luces

las banderas

los cañones, las balas, las invisibles balas

ya no entran en mí

oigo sólo la voz de los grillos

la voz de la tierra

la voz de la naturaleza

queda, casi mugiente

como una imploración

¿quién oye?

¿quién está allí?

¿quién habla?

Toco a

las puertas

No es el de adentro quien pregunta

Es el de afuera

el demolido

el cansado

el exhausto

Y mi voz se alarga, se extiende

¿Quién está allí?


El rayo de luz se ha acortado

debo dormir, es de noche

los ángeles nos cubrirán

como a una pareja de amor

en cuido

Mi alma sola late y veo los reflejos

hay allí un cuaderno, hay allí un lápiz

un molinillo de café

y está la firma de Steinberg, a quien no conozco


El grillo salta y salta -lleva la libertad en sí

Acciono, acciono y no comprendo

trato de comprender, lentamente

mi niñez y mi vejez lo impiden

tengo cuarenta años.


Dios, ¿qué significo. .. ¿quién soy?

Hay un alba, sí

y una medianoche

hay un cuerpo que ondula

hay mujeres con un pañuelo amarrado a la cabeza

y eso significa algo, un luto quizás

pañuelos negros para sujetar la desesperación

creo que todo tiene significado

sé de todo lo que significa


¿Quién soy? ¿Tengo yo un significado?

¿Soy una palabra, un viento, una planta?

Mi corazón arde. Lloro, ardo...

Ahí voy, como a la sombra de destinos

La pluma de mi pluma está ardiente

revoloteando, siguiendo la brisa


Mar, en ti confío para que des a los otros su límite

como a la playa

Estoy absorta ante ti, casi espantada

todos mis riesgos se retraen

Cuido. Cuido. Cuido. Habrá que ir con cuido.


¿Qué más? Las estrellas están allí. Silentes.

Y hay obra. Corazón.

Si todo esto ha sido malo... ¿entonces?

Entonces no habrá corrección.


¿Quién soy? ¿El milagro de un error?

La ventana se abre

La culpa se ventila

El sol irradia


En la costa yace un marinero

la mujer llora

desconsuelo, desconsuelo, desconsuelo


No hay punto final para esta guerra

esta guerra horrible

esta destrucción

mi alma ha sido partida en dos

piedad por mis ángeles

Santa Cruz


He llorado. La tierra me sublima. Los vegetales

La carne

El hombre me sublima

y estoy por él más allá de él

entre cacharros y suspiros

Por ello lavo la casa

Y este grito solitario... ¿qué será?

Suficiente.


Es la luz de la Luna lo que hoy me ilumina. "

12 de agosto de 2008

de El libro del fantasma

La antigüedad clásica no conoció los espejos. Los sirios inventaron el vidrio soplado cien años antes de Cristo. Pero se trataba de un vidrio opaco. Recién en el siglo XIII, en Venecia, se pudo obtener vidrio totalmente incoloro y transparente.
Las técnicas eran absolutamente secretas. Los artesanos trabajaban en una isla muy vigilada y las penas para los infidentes eran de la mayor severidad.
En 1291 los venecianos descubrieron que si se revestía el vidrio con una lámina de metal se obtenía una superficie cuyos reflejos eran nítidos y luminosos.
Durante muchos siglos, las personas sólo podían mirarse en el reflejo de las aguas quietas o en superficies de metal pulido.
Pero como la quietud de las aguas no era frecuente y el metal pulido era demasiado oneroso, casi nadie conocía su propio aspecto. Las noticias que uno tenía acerca de su fealdad o belleza provenían de testimonios ajenos, siempre teñidos de subjetividad, cuando no de malicia.
El padre Sallinger aseguró en el siglo XVIII que el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no siempre estuvieron incomunicados. Hace muchos siglos ambos reinos vivían en paz y eran di-versos, es decir, no coincidían como ahora sus formas y colores. Los espejos no eran sino puertas que comunicaban un reino con otro.
Pero un día la gente del espejo invadió la tierra. Hubo una larga lucha y finalmente el Emperador Amarillo derrotó a los invasores. El castigo que les impuso fue horroroso: los encarceló en los espejos y los obligó a repetir todos los actos de los hombres.
Así están las cosas ahora. Pero un día la gente del espejo volverá a rebelarse.
Primero advertiremos algunas imperfecciones en los reflejos. Después oiremos sonidos extraños hasta que un color no parecido a ningún otro señalará el comienzo de la nueva invasión. Las barreras de vidrio se romperán y esta vez la gente del espejo vencerá.
Es probable que los sucesores del Emperador Amarillo ejerzan vigilancia permanente sobre el mundo del espejo. Quién sabe qué clase de atentos guardianes estarán pendientes de la mínima heterodoxia de las imágenes para dar la voz de alarma. Tal vez la rebelión esté próxima y también la venganza. Acaso pronto conozcamos la horrible condena de repetir servilmente los movimientos ajenos.
Pero en este último instante aparece una idea perturbadora. ¿Quién nos asegura cuál es exactamente nuestro lado en el espejo? ¿Quién puede jurar que decide sus movimientos?
Cabe la aciaga posibilidad de que otros estén tomando nuestras decisiones sin que nosotros lo sospechemos siquiera. Y quizá hasta nuestro más soberano grito de libertad no sea sino el cumplimiento de unas conductas que amos desconocidos nos imponen.
En ese caso el color misterioso no debe ser para nosotros una posibilidad alarmante sino una esperanza. ¡Que tiemble el Emperador Amarillo! La hora de la venganza suena sólo para los derrotados.


Espejos I

ALEJANDRO DOLINA
Baigorrita - Pdo.de Gral.Viamonte - Pcia. de Bs.As.
Argentina
20 de Mayo de (él no lo dice y yo no lo pregunto)


21 de julio de 2008

Federico García Lorca, el dolor de mi tristeza

Hoy siento en el corazón
un vago temblor de estrellas,
pero mi senda se pierde
en el alma de la niebla.
La luz me troncha las alas
y el dolor de mi tristeza
va mojando los recuerdos
en la fuente de la idea.
Todas las rosas son blancas,
tan blancas como mi pena,
y no son las rosas blancas,
que ha nevado sobre ellas.
Antes tuvieron el iris.
También sobre el alma nieva.
La nieve del alma tiene
copos de besos y escenas
que se hundieron en la sombra
o en la luz del que las piensa.
La nieve cae de las rosas,
pero la del alma queda,
y la garra de los años
hace un sudario con ellas.
¿Se deshelará la nieve
cuando la muerte nos lleva?
¿O después habrá otra nieve
y otras rosas más perfectas?
¿Será la paz con nosotros
como Cristo nos enseña?
¿O nunca será posible
la solución del problema?
¿Y si el amor nos engaña?
¿Quién la vida nos alienta
si el crepúsculo nos hunde
en la verdadera ciencia
del bien que quizá no exista,
y del mal que late cerca?
¿Si la esperanza se apaga
y la babel se comienza,
qué antorcha iluminará
los caminos en la tierra?
¿Si el azul es un ensueño,
qué será de la inocencia?
¿Qué será del corazón
si el amor no tiene flechas?
¿Y si la muerte es la muerte,
qué será de los poetas
y de las cosas dormidas
que ya nadie las recuerda?
¡Oh sol de las esperanzas!
¡Agua clara! ¡Luna nueva!
¡Corazones de los niños!
¡Almas rudas de las piedras!
Hoy siento en el corazón
un vago temblor de estrellas
y todas las rosas son
tan blancas como mi pena.









9 de julio de 2008

Coiraza

memoria
memoria do corpo, pel e auga
desexo e sentido
memoria do que queremos esquecer
páxina en branco para punzar de novo
memoria
seixo que se desfai e é arrastrado
para non deixar nada que nos magoe
chuvia que non se para
auga que o leva todo
memoria
memoria do que nos quedado que borramos
profundamente vencidas
dolorosamente vencidas
para defendernos



II



Coiraza,
asa e casulo,
funil para baixar ao fondo,
ao lugar apartado e pequeno
ao que nada chega
(só esta voz)
e estar comigo
só comigo alí onde o silenzo
preña unha tea clara e permanente
para este pozo definitivo.



III



hoxe es un animal ferido
atrapado sen saída na coiraza
que a noite trouxo
como levar a luz á túa alma
como curar a dor das mans, de cada óso
vaste devorar sen que iso sexa
a penitencia imposta para ti
aínda que o vómito rodee o teu respiro
aínda que non haxa osíxeno nin mar





8 de julio de 2008

La cara




Sobre el puente

que atraviesa el blanco

cementerio de Montmartre

enterrado con todos sus muertos

bajo la nieve,

aquella cara

de la mujer que pasaba

llorando

y mordiéndose las uñas,

alejándose sin rumbo,

sin hacer caso del viento

que le subía la falda

por encima de las rodillas,

de los transeúntes

y coches, desde entonces

tus ojos la han perseguido-

en donde quiera que cruces

un puente, casi

puedes verla pasar.













Sargon Boulus


Al-Habbaniya, Iraq, 1943 - Berlín, Alemania, 2007


2 de julio de 2008

cuento



La Carta que encontré publicada en una revista del interior, no me era desconocida. Llegó a mis manos en forma intempestiva y siempre deseé saber su destino ulterior. Pues no fui yo quien la publicó. No supe nada de ella hasta que la vi en letras en molde; esto constituyó para mí un desenlace inesperado. Juzguen ustedes mismos.
Como director del semanario Prometeo, fui partícipe comprensivo en la iniciación de no pocos escritores noveles.
Así llegó hasta mi redacción la autora de La Carta. No me traía La Carta sino un estudio crítico sobre la novela como género literario. Prometí leer el artículo y darle mi opinión. Desde entonces, todos los días, o día por medio, llamaba por teléfono, en procura de una respuesta que yo eludía por mis múltiples ocupaciones. Esa insistencia, confieso, llegó a fastidiarme un día, la última vez que llamó, y le dije entonces en forma suave pero algo severa; “No sabía que usted estaba tan apurada”. Ella se disculpó y admitió mi observación, prometiendo esperar mi llamado. Fue a los dos días que recibí La Carta, una carta exaltada, hasta cierto punto incoherente. Cuando ella me la pidió de vuelta saqué copia por parecerme un documento curioso. Tal vez pensaba utilizarla como material para algunas de mis propias obras. Ella se me adelantó, por lo que veo. Transcribo La Carta literalmente.
“Señor Director:
Comprendo que mi insistencia pudo molestarlo. Pero no, le aseguro que no tengo ningún apuro. No quisiera que usted se moleste. Que piense de mí... Dudaba sobre la actitud a tomar: si debía esperar su llamado o insistir para apresurar su respuesta. Yo quiero que comprenda que no estoy apurada, de ningún modo. Me doy cuenta de que usted tiene sus compromisos. Yo, claro, el artículo ése no lo hice en un día, pero apuro no tengo ninguno. ¡Por favor! ¡Le ha impresionado mal mi insistencia! Me toma acaso por una entrometida, por una de esas avechuchas que aletean sobre los tejados de las redacciones. No crea eso, no lo crea de mí. No me atrevo a explicarle todo personalmente; por eso le escribo. En el artículo trabajé a conciencia durante ocho meses. Es una prueba de lo que le digo: no estoy apurada. Pero necesito disipar su mala impresión sobre mi persona. Quiero que sepa en qué consiste la naturaleza de mi apuro, que nada tiene de común con el delirio publicitario de cierta gente. Tampoco está en mi naturaleza más bien tímida el desenfado de los que, insistiendo, consiguen lo que se proponen. No tengo carácter para eso. Cuando lo llamé la primera vez sin obtener la contestación que esperaba, instintivamente desistí de todo posible llamado ulterior. No estaba exenta, en esa determinación, de una dosis fuerte de orgullo que siempre me ha inhibido para pedir nada a los demás. Admiro a la gente que es capaz de revestir sus pedidos con el aspecto de la exigencia. Así evitan caer en la humildad y no encuentran en el pedir ningún menoscabo. Pero yo no sirvo para ello. No le hubiera llamado más sin las circunstancias apremiantes y un cierto deseo de probarme a mí misma que soy capaz de tener carácter emprendedor, carácter de solicitante despreocupado y altanero. Si usted guarda una impresión adversa de mí es porque no me conoce, porque no sabe que desde hace poco, muy poco tiempo, mi vida es un torbellino de apuro, porque es ya tarde para mí. No estoy apurada por este artículo en particular; necesito ir rápido hacia el fin, necesito decir todo lo que callé acumulándolo durante años de silencio forzado. Y el tiempo, mi tiempo, huye. Es tarde, muy tarde. ¿Sabe usted lo que es haberse hundido sin empezar siquiera, durmiendo un sueño prolongado lleno de angustiosas palpitaciones?
Mi premura comenzó después del accidente que dejó semi lisiado a mi hijo. Hasta entonces, el accidente no había entrado en mi vida. El accidente trastocó el curso regular de todo. La salvación del niño del niño dependía de mi exclusiva dedicación a él. No pude continuar con toda la actividad que me ocupaba por aquel entonces. Pero hay algo peor: no sé si después del accidente todo lo anterior me atraía ya, en realidad.
Mi tiempo se detuvo al borde de una cama de enfermo. Pero sería una falsedad atribuir a esos cuidados el abandono que hice de aquello que constituía mi vida pasada. Había manejado esquemas fáciles, lo que forma parte de objetivos delimitados, proyectos para una carrera espectable. Entonces descubrí los matices de las cosas. Descubrí en el mundo el color, la luz y la sombra. Todo mi conocimiento anterior no me servía para esta nueva concepción. Piense lo que es quedarse, de pronto y tarde, sin camino ni sendero donde transitar, después de haber proyectado una amplia avenida bien soleada, con metas discernibles...
Entonces comencé una búsqueda incesante en medio del espanto de los pisos por encerar. Usted se preguntará por qué no continué con mi carrera en vez de enfrascarme en el encerado; desde todo punto de vista hubiera sido más conveniente y productivo para mí y para el enfermito. Su misma curación se hubiera beneficiado con mi trabajo productivo. Hay que destacar a mi hijo como causante de esa situación. ¿Era, pues, el accidente? No lo sé. Pero ya no podía continuar con mi derrotero anterior. El accidente había partido mi vida en dos.
¿Sabe usted lo que es sentir naufragar el propio yo en medio de un trabajo absurdo, en medio de una condena a trabajos forzados que uno mismo se ha impuesto o por lo menos ha admitido, entre cacerolas y cacharros grasientos? Cierto, los que se ubican en puestos, los que consiguen cargos, podrán asombrarse de esta ineptitud para adecuarme a un medio conveniente. Todos ocupan un puesto, un lugar. Yo... siempre creí en mí misma más que en mi título. Pero no por eso compartía resignada mi vida con el encerado. Una desesperación iracunda es la mejor prueba de que en mí alentaba la vida.
A todo esto usted se preguntará qué relación hay entre lo expuesto, con la premura que se desató en mi vida. Todo proviene de una bomba de agua. De paso quiero decirle que nuestra casa es pobre pero con pisos encerados. Y los pisos encerados exigen desvelos incontables. Los demás no comparten, posiblemente, esta preocupación; los pisos se cubren de espesas cenizas, los niños realizan sobre ellos las gimnasias más audaces y aventuradas; todo, en detrimento del encerado. De modo que uno queda ridículamente atado a la limpieza de pisos. Nadie se lo agradece y uno se desvive por ellos. No puede uno pagarse un personal adecuado para este refinamiento. Y su sacrificio no se lo reconoce nadie. Además, mientras uno encera, piensa. Hace proyectos de grandes cosas, pero cuando llega la noche está agotado y sólo siente la necesidad de tirarse en la cama. Es el drama del encerado. Y le pregunto otra cosa: ¿Puede usted optar entre su conciencia que lo impulsa a la absoluta entrega a un apostolado y el puesto que debe ubicarlo en la sociedad y extenderle el certificado de apto para la vida? ¿Puede dedicarse al cargo en nombre de la eficiencia?...
La bomba de agua, después del accidente, fue la segunda revelación que debía urgirme a algo definitivo. Estábamos en el campo; teníamos una pequeña casita junto a la estación. En mis brazos dormía mi niño menor. Funcionaba el motor de la bomba de agua. Ese ritmo era un ritmo absorbente, como el de la marcha del tren, era el ritmo de la máquina, era el ritmo del trabajo. Descubrí el ritmo de las cosas, descubrí el sonido de las cosas. ¡Todo tiene un sonido! ¡Oh, si yo pudiera reflejar ese sonido de las cosas! Abarcarlo todo: el color y el ritmo del mundo... ¿Por qué me había desviado del camino de mi niñez? Un senderito apenas perceptible pero mío. ¿Quién había abierto las grandes avenidas bien trazadas para que transitara por ellas? Y ahora que quiero para mí el sonido del mundo, es tarde, demasiado tarde. ¿Cómo recomenzar? ¿Cómo recuperar el tiempo perdido? Empieza el drama de la estrechez. Se come, eso es, se come. ¿Y todo lo demás? Ni un libro, nada. Resbalando sobre pisos encerados. Reconozco que tengo el prejuicio de los pisos limpios. ¡Qué hacer! Debo encerarlos. Además, los niños dependen de mí. ¿Sí o no? ¿Por qué no me ubiqué en un puesto? No puedo ubicarme, no soy postulante a nada, he descubierto algo, simplemente. Necesito ganar el tiempo perdido... ¡Ilusiones! Estoy atada al accidente. Él me apartó de las formas, de los esquemas. No veo más que luz y sombra, no oigo más que sonidos. Las palabras no pueden decirme ya nada...
Durante el día trabajo con ahínco, encero, todo marcha bien; la esperanza de terminar temprano me anima. Pero cuando la noche se adelanta con su alforja al hombro, llevando mis muertas ilusiones, constato que otro día ha pasado, que otro día está perdido para mí. ¡Qué hay que me desespere! No es nada, ¿verdad? Estoy metida en un pozo. Ahora vivo acuciada por la premura. Estudio lo que me hace falta, sólo lo necesario para mis objetivos. Trabajo, encero pisos y, para pagarme los estudios, escribo artículos, ése que le he llevado, y otros. Mi mente marcha a todo vapor pero ni esto me está permitido, ni para ello tengo libertad. Mi mente se paraliza horas enteras mientras relato a mi enfermito largos cuentos infantiles. Por lo menos, el encerado no me impide pensar aunque después esté demasiado cansada para realizar algo.
Piense en el hambre, en la terrible hambruna de mi mente. Se lo pido con lágrimas en los ojos: piense. No necesito comer. Se lo confieso; tengo qué comer, si eso puede tranquilizarlo, hoy que sólo nos conmueve la visión de esqueletos famélicos. Pero hace años que miro famélica las vidrieras de las librerías, que las salas de música están cerradas para mí. Ahora ya sabe de qué se trata. Para mí es tarde, muy tarde. Ahora muchos despiertan así, tarde, de un sueño prolongado. Los caminos están entreverados. Es época de nomadismo. Se vaga por desiertos estériles con mucha hambre y sed, hasta que se encuentra un oasis. Y a veces, son sólo espejismos.
Ahora que le he contado todo, ahora que conoce mis penurias, le pido que queme esta carta. La escribí espontáneamente, en un impulso sincero, sin borradores ni copia. Sólo para usted. Ahora quémela.
No está todo, sin embargo. Ayer las cosas han tomado otro giro, un giro decisivo. Hay días en que uno está más irascible. ¿Usted nunca ha gritado para adentro, mordiéndose los labios, hasta que los músculos del abdomen empiezan a dolerle por la contracción? ¿En que sólo se aliviaría si pudiera estrellarse la cabeza contra la pared? ¿Nunca le pasó eso, gritar para adentro? En la mesa, ese día, su único gesto es el de la uña índice que hace saltar una miguita sobre el mantel. La miguita es arrojada hacia delante, con cierta amenaza de proyectil. Todo presagia un desenlace dramático. Son días penosos. Además, en invierno están esas estufitas a kerosén, que hay que llenar, prender, luego apagar porque ahuman, en fin, otro trabajo extra que se suma al encerado. Y de pronto, porque llegó la noche, por el humo, por todo, uno estalla y como no puede darse el lujo de romper cosas, empuja, no con mucha decisión, la estufa contra la puerta; se prenden las cortinas, cosa que uno no había previsto. Los chicos aterrados chillan. Traigo un balde con agua y apago el fuego. El agua sucia, negra de hollín, se desparrama sobre el piso recién encerado. ¡Vea qué miseria! Hasta cuando quiero descargar mi desesperación de algún modo, todo se confabula para perjudicarme, para obligarme al encerado. He resuelto terminar. No me importa que alguien irónicamente diga: “Suicidio por un piso encerado”. Terminé para siempre. Nada ni nadie puede sacarme del pozo. No me diga que es cuestión de voluntad. No son consejos los que necesito. ¿Y si yo no tengo voluntad, como no la tuve para ubicarme, para encontrar un puesto adecuado? No quiero un puesto. Ya tengo resuelto cuál es mi verdadero lugar: “Suicidio por un piso encerado”.
Ahora sí, está dicho todo. Puede usted quemar la carta. Y, sin embargo, para serle sincera hasta el final, yo misma dudo de lo que he resuelto. No sé si mañana, hoy mismo, dentro de unas horas, no me arrepiento de la intimidad malgastada de estas confesiones y no le pido que me devuelva la carta para utilizarla en un cuento. Enseguida que la lea, quémela. Y yo no esperaré su llamado. No es necesario después de lo que tengo resuelto”.
Así terminaba La Carta. Al día siguiente, por teléfono, con voz tímida me la pidió de vuelta; es la misma que ahora veo publicada en este periódico.



“Suicidio por un piso encerado”

Fina Warschaver

Buenos Aires

1910-1989

21 de junio de 2008

el gran conversador


Profundos y plenos
cual dos graciosas, breves inmensidades
moran tus ojos en tu rostro
como dueños;
y cuando en su fondo
veo jugar y ascender
la llama de un alma radiosa
parece que la mañana se incorpora
luminosa, allá entre mar y cielo,
sobre la línea que soñando se mece
entre los dos azules imperios,
la línea que en nuestro corazón se detiene
para que sus esperanzas la acaricien
y la bese nuestra mirada;
cuando nuestro "ser" contempla
enjugando sus lágrimas
y, silenciosamente,
se abre a todas las brisas de la Vida;
cuando miramos
las amigas de los días que fueron
flotando en el Pasado
como en el fondo del camino
el polvo de nuestras peregrinaciones.
Ojos que se abren como las mañanas
y que cerrándose dejan caer la tarde.

Suave encantamiento


de Poemas


Macedonio Fernández


Buenos Aires

1 de junio 1874 - 10 de febrero de 1952

19 de junio de 2008

de Rosario de sonetos líricos (1912)

Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzome noches tristes.

¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande

para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.


LA ORACIÓN DEL ATEO


D. Miguel de Unamuno y Jugo
España
Bilbao, 29 de Septiembre de 1864 - Salamanca, 31 de diciembre de 1936



15 de junio de 2008

Nieve (fragmento)

" El silencio de la nieve, pensaba el hombre que estaba sentado inmediatamente detrás del conductor del autobús. Si hubiera sido el principio de un poema, habría llamado a lo que sentía en su interior el silencio de la nieve.
Alcanzó en el último momento el autobús que le llevaría de Erzurum a Kars. Había llegado a la estación de Erzurum procedente de Estambul después de un viaje tormentoso y nevado de dos días, y mientras recorría los sucios y fríos pasillos intentando enterarse de dónde salían los autobuses que podían llevarle a Kars alguien le dijo que había uno a punto de salir.
El ayudante del conductor del viejo autobús marca Magirus le dijo «Tenemos prisa», porque no quería volver a abrir el maletero que acababa de cerrar. Así que tuvo que subir consigo el enorme bolsón cereza oscuro marca Bally que ahora reposaba entre sus piernas.
El viajero, que se sentó junto a la ventanilla, llevaba un grueso abrigo color ceniza que había comprado cinco años atrás en un Kaufhof de Frankfurt.
Digamos ya que este bonito abrigo de pelo suave habría de serle tanto motivo de vergüenza e inquietud como fuente de confianza en los días que pasaría en Kars.
Inmediatamente después de que el autobús se pusiera en marcha el viajero sentado junto a la ventana abrió bien los ojos esperando ver algo nuevo y, mientras contemplaba los suburbios de Erzurum, sus pequeñísimos y pobres colmados, sus hornos de pan y el interior de sus mugrientos cafés, la nieve comenzó a caer lentamente.
Los copos eran más grandes y tenían más fuerza que los de la nieve que le había acompañado a lo largo de todo el viaje de Estambul a Erzurum.
Si el viajero que se sentaba junto a la ventana no hubiera estado tan cansado del viaje y hubiera prestado un poco más de atención a los enormes copos que descendían del cielo como plumas, quizá hubiera podido sentir la fuerte tormenta de nieve que se acercaba y quizá, comprendiendo desde el principio que había iniciado un viaje que cambiaría toda su vida, habría podido volver atrás. Pero volver atrás era algo que ni se le pasaba por la cabeza en ese momento.
Con la mirada clavada en el cielo, que se veía más luminoso que la tierra según caía la noche, no consideraba los copos cada vez más grandes que esparcía el viento como signos de un desastre que se aproximaba sino como señales de que por fin habían regresado la felicidad y la pureza de los días de su infancia.
El viajero sentado junto a la ventana había vuelto a Estambul, la ciudad donde había vivido sus años de niñez y felicidad, una semana antes por primera vez después de doce años de ausencia a causa del fallecimiento de su madre; se había quedado allí cuatro días y había partido en aquel inesperado viaje a Kars. Sentía que la extraordinaria belleza de la nieve que caía le provocaba más alegría incluso que la visión de Estambul años después. Era poeta, y en un poema escrito años atrás y muy poco conocido por los lectores turcos había dicho que a lo largo de nuestra vida sólo nieva una vez en nuestros sueños.
Mientras la nieve caía pausadamente y en silencio, como nieva en los sueños, el viajero sentado junto a la ventana se purificó con los sentimientos de inocencia y sencillez que llevaba años buscando con pasión y creyó optimistamente que podría sentirse en casa en este mundo. "





Orhan Pamuk
Estambul Turquía
1952